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Hermanitas Calle

Nelly y Fabiola Calle descubren su talento de la mano de doña Edelmira, su abuela materna y primera mentora. Viven en el campo, tienen 10 y 12 años, respectivamente, y mientras sus papás recogen café en fincas de Caicedonia en el Valle, ellas llegan de la escuela y pasan las tardes al cuidado de la señora que, aunque enferma y achacosa, se aferra a un viejo tiple para enseñarles corridos de las Hermanas Padilla y rancheras de Tony Aguilar y Miguel Aceves Mejía. En su lecho de agonizante, lo último que hace doña Edelmira en este mundo es pedirle a Tulia, su hija y mamá de las Calle, que confíe en las aptitudes de sus niñas menores y que le prometa que nunca dejará de apoyarlas. Tulia compromete su palabra y la honra enfrentándose a la voluntad de Samuel, su esposo, quien es también el primer obstáculo que las cantantes encuentran en su carrera. A decir de él: “que mis hijas se dediquen a cantar es igual a que se vuelvan prostitutas”. Samuel se va de la casa con una mujer que conoció en una cantina y las dos pequeñas quedan sin posibilidad de seguir estudiando y con la responsabilidad, a su escasa edad, de ser el soporte económico de una familia numerosa (mamá, hermanos, sobrinos) que llega a Medellín en busca de oportunidades. Una familia en la que muchos de sus miembros llevan una vida parasitaria del talento de las dos jóvenes cantantes. El gran mérito de Las hermanitas Calle es que, arrancando desde abajo y con todo en contra, se aferran a su amor por la música popular y al poder desbordante de sus dos voces para lograr lo imposible: posicionar y venderle a la sociedad un género musical con el que pocos artistas alcanzan reconocimiento. Un género despreciado, relegado a emisoras marginales que nadie escucha y con las puertas de la televisión cerradas, porque a principios de los 70 la sola mención de la música de carrilera, de la llamada de forma peyorativa “música guasca”, es asociada al licor, a los bares de mala muerte, al vicio y a la prostitución. Es la época en que la carrilera es una música vergonzante y la mayoría de sus seguidores lo son de manera clandestina: en sano juicio nadie acepta que la escucha, pero con unos guaros encima todos cantan a grito herido “El puente roto”, “La gaviota traidora”, “La cruz de palo” y luego “La cuchilla”, que fue su mayor éxito. Estas canciones representan también la banda sonora de la vida de Nelly y Fabiola, porque en cuestión de amor y desamor sus historias están tan cargadas de traición y decepción como las letras de la música que interpretan. Las hermanitas Calle son, a fin de cuentas, dos heroínas que dan todo por su familia, por su carrera artística y por un género musical que las baña de gloria y de fama, pero les arrebata gran parte de su infancia y toda su juventud, obligándolas a trabajar en un tiempo en que niñas y jóvenes de su edad están dedicadas a jugar, a estudiar y a ser felices.

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