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La heroica labor de un profesor que sigue enseñando en cuarentena y sin acceso a internet

Esta es la historia de Yeison Smith Lagos, un profesor de una escuela rural que demuestra que, a pesar de las adversidades, los tiempos difíciles y la falta de recursos; la educación siempre será la mejor herramienta para transformar la sociedad.

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El nombre Jason Smith podrá ser muy conocido para muchos porque es el actor que le dio vida al ‘Power Ranger’ rojo en ‘Jungle Fury’. En Colombia, también tenemos un superhéroe –tal vez no tan conocido como el anterior– y este no es precisamente de ficción. Yeison Smith Lagos es real, no tiene máscara, capa o espada; solo con vocación y conocimiento les mejora la realidad a 50 estudiantes de los llanos orientales colombianos. 

La escena transcurre en Vista Hermosa, un municipio localizado al sur del departamento del Meta que, como su nombre lo dice, está ubicado en una llanura que permite ver al lado las vegas del río Güejar y al fondo se contempla la Serranía de la Macarena. No obstante, otra parte de la historia no es tan ‘hermosa’, pues ha sido uno de los tantos lugares del país afectados por el conflicto armado y fue Zona de Distensión.

Allí, en medio de variedad de plantas, especies de animales y diversas fuentes hidrícas como caños, chorros de Sardinata y Caño Unión y cascadas de 60 metros de caída, transcurre la vida de Yeison Smith, un hombre de 35 años y de rostro enmarcado por una sonrisa, quien es egresado de la Normal Superior Antonia Santos de Puente Nacional, licenciado de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia con maestría en Desarrollo Educativo y Social de la Universidad Pedagógica Nacional.

Desde el año 2009, este profesor ha dedicado su vida a la escuela rural Buenos Aires ubicada aproximadamente a una hora del casco urbano en donde, en compañía de su hermana, Yorlady Lagos Velasco, enseñan todas las asignaturas a 50 estudiantes de primaria durante una jornada de cinco horas diarias. 

Yeison reparte su tiempo entre el amor que tiene el campo y a la educación. Antes de la pandemia, su día iniciaba muy temprano con el ordeño, labor a la que se dedicaba antes de llegar a la escuela para encontrarse con sus alumnos.

“Me levanto a las 5:30 de la mañana. Yo vivo en una pequeña finca que queda cerca a la escuela, ahí realizamos las labores del campo y ayudo en el ordeño. Luego a las 7:30 de la mañana ya estoy acá en la escuela, recibimos a los niños y hacemos una formación. En la formación se hacen algunas pruebas a manera de concurso para ejercitar la parte matemática, se hacen cantos, rondas y una oración”, cuenta Yeison sobre cómo era su rutina diaria antes del coronavirus. 

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Este profesor define su labor de educar como: “moldear algunas conductas en el ser humano para que él pueda transformar esa realidad en la que vive y hacerla mejor, porque el objetivo es que nuestros hijos y nuestros estudiantes tengan mejores condiciones que las que nosotros tuvimos”.

La realidad de los alumnos no es muy alejada a la de Yeison. Antes de llegar a estudiar, estos pequeños también ayudan a su familia en la madrugada con las labores del campo como el ordeño y la recolección de frutas, para luego recorrer alrededor de una hora de camino en bicicleta, a pie o a lomo de caballo para llegar a su escuela Buenos Aires.

Tras una productiva jornada de aprendizaje orientada por el profe Yeison, los estudiantes regresan a hacer sus tareas y luego se siguen dedicando al campo, pues así transcurren sus días, lejos de dispositivos tecnológicos y conectividad a internet ven pasar la vida en medio de los cultivos familiares de maracuyá, plátano y aguacate; además, rodeados de las vacas lecheras que ellos mismos ordeñan. 

A los niños solo los había detenido para estudiar el invierno y el no poder cruzar los caños del camino para llegar a su escuela. Pero, ahora, fueron soprendidos por el coronavirus que ha parado al mundo, incluso a la vereda Buenos Aires en donde viven. 

Es ahí donde el reto para Yeison y su hermana se ha vuelto mayor, porque así como todos los profesores se han reinventado en estos tiempos, ellos se la han ingeniado con los pocos recursos que tienen a la mano para que sus alumnos sigan aprendiendo y no los agobie el encierro de la realidad en la que viven.

“Durante la pandemia el pánico se apoderó de nosotros y, sin saber qué hacer, enviamos unos talleres para desarrollar durante este tiempo. Nos organizamos y tenemos una impresora que no está tan buena, pero todavía funciona y, como nosotros tenemos preparadas las guías de cada materia, las imprimimos y los días lunes los padres vienen a recoger los talleres. Durante una semana los estudiantes los desarrollan y los vuelven a traer para revisarlos y mirar qué aciertos y desaciertos tuvieron”, cuenta este profe sobre cómo han dado las clases durante los tiempos de cuarentena. 

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Pese a este intento de seguir enseñando, Yeison siente que no es suficiente y afrontará un reto mayor y más dispendioso: desplazarse hasta cada una de las casas de sus estudiantes para valorar presencialmente el trabajo de los niños. Aunque suena complejo, cuando la vocación es del corazón, no hay caños, caminos de lodo u horas de trayecto a pie que detengan a este maestro con su admirable labor.  

Más allá de educar a sus estudiantes, este profesor tiene un doble trabajo y se ha dedicado a volver a hacer el curso con los padres de familia, ya que se les dificulta entender muchos temas y deben aprender nuevamente para transmitirlos a sus hijos. 

En medio de las adversidades, Yeison es feliz con su trabajo, no obstante, pide más inversión de recursos en las sedes educativas para que haya internet, dotación de impresoras o libros y así mejorarles las condiciones a los niños.

Ante el desafiante panorama que nos pinta la pandemia, Smith tiene claro que no parará de trabajar para que sus alumnos sigan con la mente ocupada y adquieran aprendizajes, ya que es consciente de que el hecho de parar puede generar más caos y la parte emocional de sus pequeños se verá afectada.

A pesar de que Yeison no puede realizar una clase virtual por la falta de recursos como lo están haciendo muchos maestros y ante el reto de también enseñarles a los padres de sus estudiantes, su motor e impulso es la felicidad de sus niños.

“Los estudiantes son contentos en la escuela, a veces le toca a uno decirles que se vayan a la hora de la salida porque por ellos se quedarían acá. Entonces es ver la sonrisa de los niños y ver que uno ha mejorado sus condiciones a través de la educación. Es bueno que tengan esta oportunidad porque hay niños con muchas capacidades y aveces no se cree en ellos y se les truncan sus sueños”, expresa Yeison en medio de palabras de satisfacción.

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A Yeison, a Yorlady y a todos los profesores en su día, gracias por su entrega, por compartir sus conocimientos y dejarnos como legado la educación pues, sin importar la condición, lo aprendido es lo único que nunca nadie nos podrá quitar y será con lo que construyamos una mejor sociedad. 

¡Feliz Día del Maestro!

Por: Juliana Moreno Villegas

Periodista caracoltv.com

 

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